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Contribuciones a la primera vivienda. ¿Todos libres?

Contribuciones

Sin distinguir capacidad contributiva, nivel de ingresos, poder económico ni nada que se le asimile, la propuesta del Gobierno pretende otorgar un perdonazo total y parejo a todos quienes tengan 65 años o más por la vivienda que constituya su principal morada o residencia «Esto no distingue entre ricos y pobres sino que significa un alivio para quienes han trabajado toda su vida y han tributado para llegar a tener esa residencia” señalaba cándida y raudamente en televisión uno de los Ministros voceros en su intento por iluminarnos acerca de las bondades de esta medida.

La herramienta tributaria, sin embargo habría que informarle al Ministro no está diseñada ni dirigida a premiar, consolar ni acicalar a nadie sin que, al menos, ello apunte a algún potencial beneficio económico o social. El objetivo de los impuestos debe ser recaudatorio, incentivador de conductas deseadas, desincentivador de las otras y progresivo, y no hay más.

Hoy en nuestro país los adultos mayores de 65 años (varones) y 60 años (mujeres) con ingresos menores a 12 millones anuales ya están exentos completamente de este pago. Y quienes ganan cerca de 2 millones mensuales ya están beneficiados con el 50% de la rebaja. Ello siempre y cuando se trate de viviendas cuyo valor no exceda cierto tope ($225 millones). No hay novedad para ellos en esta propuesta.

La buena nueva llega hacia arriba, eliminando topes y premiando a todos quienes cumplan 65 años y que pasarán ahora a gozar de su vivienda personal sin aportar nada a cambio, ganen cuanto ganen, tengan cuanto tengan, vivan donde vivan.

Largos años preparando un aterrizaje al gobierno, con cruces algorítmicos asociados al Tax Analitycs y la IA como herramientas a la mano de cualquier Autoridad de turno, permiten concluir que detrás de este anuncio no hay simples errores o falta de acuciosidad técnica sino derechamente un dogma o posición ideológica irrenunciable, tanto así que choca con el mismo fundamen- to que la pretende explicar. ¿Nuestra tan apremiante situación fiscal permite darnos este lujo y renunciar a esta recaudación a cambio de nada?

En la actualidad, el 100% de lo recaudado por concepto de contribuciones se destina a las municipalidades: Un 60% alimenta el Fondo Común Municipal y solo un 40% queda en la comuna donde se genera, salvo en aquellas de mayores ingresos, que aportan proporcionalmente más al fondo solidario. Se trata de un impuesto de simple y fácil recaudación y que significa una inyección directa de fondos a comunas que lo requieren. Una herramienta tributaria que se identifica por su directa redistribución y aplicación solidaria.

Esta medida, según informan sus promotores, tendrá un costo fiscal anual aproximado de US$ 200 millones, costo que sufrirá el Fondo Común Municipal que solventa directamente el presu- puesto de comunas cómo Puente Alto, La Florida o Maipú (sus más importan- tes beneficiarias) y que beneficiará a los propietarios que soportan el nivel más alto del impuesto territorial (Las Condes, Lo Barnechea y Vitacura, las tres que por sí solas recaudan el 20% del total). Todo compensado «con cargo a la Ley de Presupuesto”. En fin, todo Chile sustentando a unos pocos. 

La capacidad económica asociada a quienes pagan impuestos ciertamente es un criterio esencial a la hora de diseñar políticas tributarias, salvo que ideológicamente se pretenda instaurar una regresividad tan flagrante como esta.

No hay reinversión, empleo ni crecimiento alguno que se espere de una renuncia fiscal de este tipo. Simplemente es una cortesía para quienes han trabajado toda su vida, sean de clase media o ricos, como advirtió inocentemente el Ministro Vocero la misma noche del anuncio.

Incoherente con la apremiante situación fiscal que se nos recuerda majaderamente para justificar los ajustes, incomprensible desde una mínima progresividad de cualquier sistema tributario y simplista desde el punto de vista técnico legislativo. Una sociedad moderna de veras, con un concepto más amplio y profundo del crecimiento que todos esperamos, más que impo- ner regalos de esta envergadura, debe incentivar la generación de riqueza y asegurar su redistribución, en un círculo dinámico y virtuoso. Nada de eso ocurre con una medida como esta. Ni generación de riqueza ni redistribución, desoyendo – de paso – las recomenda- ciones de la OECD en materia de Real Property Tax.

En 2012, Warren BuVett se quejaba de que su secretaria «trabaja con tanto esmero como yo y paga el doble de lo que yo pago en impuestos”. No se olvidaba este economista, magnate y filántropo de dar valor a la convivencia y ponerla a la altura de la acumulación de la que él mismo gozaba. Es que se trata, finalmente, de mantener la vista en el horizonte y apuntar hacia un mínimo equilibrio en una sociedad decente que pretenda sostenerse en el tiempo y no volver a romper su cohesión social.

Se pierde – una vez más – la posibilidad de marcar una política tributaria a largo plazo, estable y consistente que sí nos de estabilidad, competitividad y bienestar. Esta parece más bien una medida simplista, que rompe equilibrios, que esconde el dogma de turno detrás de un discurso de urgencias. Todo eso permite asegurar sí una cosa¦ Vendrá una nueva modificación tributaria a corto plazo, cuando otro dogma lo gestionen los que vengan. Una mirada estrecha que garantiza un nuevo cambio de poco alcance en el tren interminable de reformas tributarias asociadas a la alternancia en el poder.

Vicente Furnaro
Por Vicente Furnaro
Abogado y Socio de Tax Defense
Aparición en:
El Mercurio | Legal. Enlace al contenido aquí